Setmana Santa de Tarragona

La Semana Santa de Tarragona

La Semana Santa de Tarragona

Históricamente debemos remontar-nos a la Edad Media para ver los motivos  por los que aparecieron y se desarrollaron diferentes asociaciones y hermandades con distinta configuración jurídica y eclesial, a veces con un origen profesional y con una finalidad cultural y caritativa,  muchas de las cuales han llegado hasta nuestros días. En aquella época, la relación entre la liturgia y la piedad popular era compleja: la liturgia inspiraba y fecundaba expresiones de la piedad popular y, a la inversa, formas de piedad popular se integraron en la liturgia – procesiones, representaciones, etc.

Al llegar a la Edad Moderna, primero con la espiritualidad de la llamada  “devotio moderna”, reflejada en el emblemático De imitatione Christi, y después con las disposiciones emanadas del Concilio de Trento (1545-1563), se dio más importancia al sentido “doctrinal”, aunque con  la Reforma católica y el Barroco la piedad popular volvió a experimentar otro desarrollo extraordinario, especialmente con las cofradías dedicadas a los misterios de la Pasión del Señor, que tenían una triple finalidad de penitencia, formación de laicos y obras de caridad.

Todavía durante los tiempos modernos, la Ilustración del siglo XVIII supuso la separación entre la “religión de los doctos”, más cercana a la liturgia “ortodoxa” con una práctica religiosa iluminada por la inteligencia y la razón,  y la “religión de los sencillos”, la de la piedad popular, menospreciada por aquellos “doctos” por estar nutrida por la superstición y el fanatismo, aunque la Iglesia aprovechó esta piedad popular para contrarrestar la propaganda racionalista, de la misma manera que antes sirvió para detener el avance del protestantismo.

Ya en la época contemporánea, el Romanticismo favoreció la comprensión y estima de los sentimientos populares y el Papa  San Pío X (1903-1914) abriría el camino de una justa relación entre la liturgia y la piedad, en contra de los que querían  renovar la pureza del culto con el modelo de liturgia de los primeros siglos de la Iglesia, sin tener en cuenta que estas expresiones de piedad popular eran las que habían contribuido  a salvaguardar la fe y la vida espiritual de muchos fieles y a difundir el mensaje cristiano. Por todo esto el Papa Pío XII defendió otra vez las muestras de piedad popular en su encíclica  Mediator Dei de 21 de noviembre de 1947.

Poca cosa más nos dejó, en este sentido, el Concilio Vaticano II, salvo las escasas referencias en la constitución Sacrosantum Concilium.  De aquí que, de nuevo y  de la mano del Decreto de Juan Pablo II, a pesar de los peligros que envuelven la piedad popular,  una vez más se destacaron sus valores con las pertinentes reservas.

Cataluña tiene una larga tradición en actos de religiosidad y piedad popular, especialmente en los concernientes al ciclo litúrgico de la Cuaresma y la Semana Santa , y, después de las disposiciones emanadas del Concilio Vaticano II, la Sede Apostólica ha dispuesto a través del citado decreto de Juan Pablo II, distintos aspectos en torno a este tema, respecto a los cuales conviene hacer algunas reflexiones empezando con la Cuaresma, como tiempo litúrgico que prepara y predispone para la celebración de la Pascua, con la también larga tradición de cumplir los preceptos de la Iglesia acercándonos a los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía y con la práctica del Via Crucis; en cuanto a esta última práctica, es preciso tener presente, al final de las catorce estaciones de la forma tradicional, el sentido de fe y esperanza en la Resurrección con la estación de la Anastasis.

En lo que compite a la Semana Santa y a la dualidad en ella entre la liturgia y las procesiones, el decreto propone una correcta harmonización entre ambas.

Las procesiones se inician el Domingo de Ramos y, como nos encontramos en casi todas las recomendaciones que se nos plantean, la cuestión de la formación e instrucción de los fieles sobre el significado de la celebración es fundamental, alejando falsas creencias que pueden conducir a determinadas formas de superstición, considerando las palmas y los ramos de olivo simplemente como una especie de amuletos.

En general, es entre el Jueves Santo y el Viernes Santo cuando en Cataluña tienen lugar, además delVia Crucis, las más importantes procesiones – y la de Tarragona es ejemplo y modelo de las mismas, cuando precisamente el drama del Gólgota alcanza su más exacta recordación en las imágenes que recorren las calles tarraconenses -, llamadas de distinta manera – “Dansa de la mort” o “Danza de la muerte”, “El Sant Enterrament” o “El Santo Entierro”, “Crist mort” o “Cristo muerto”, etc. -,  y, otra vez se insiste en la formación y instrucción de los fieles, y en que no interfieran, ni sustituyan la celebración propiamente litúrgica de aquellos días.

Quedarían todavía las celebraciones dedicadas al culto de la “Mare de Déu dels Dolors” o “Virgen de los Dolores”, la “Verge de la Pietat” o “Virgen de la Piedad”, y la “Mare de Déu de la Soledat” o “Virgen de la Soledad” del Sábado Santo, la vigilia pascual, la máxima solemnidad del año litúrgico con el Domingo de Pascua – popularmente de “Gloria” – y  el posterior  Via Lucis hasta Pentecostés – también popularmente llamado “Pascua granada”, pero, condicionados por los obligados y necesarios límites de extensión,  dejaremos aquí nuestras históricas reflexiones, avanzando ya, como primordial conclusión a todo el cuerpo posterior de esta introducción, que, a pesar de las constituciones, decretos y otras declaraciones de la Sede Apostólica, no obstante todas las circunstancias habidas en el decurso de los siglos, los  designios del Señor siempre son inescrutables y no seremos nosotros quienes nos opongamos a una determinada religiosidad y piedad popular de un pueblo que frecuentemente reza sin necesidad de juntar piamente las manos.

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